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Los gatos en el antiguo País del Nilo

MVZ. Luis Fernando De Juan Guzmán Departamento de Medicina, Cirugía y Zootecnia para Pequeñas Especies, Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia, Universidad Nacional Autónoma de México

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Es un hecho incuestionable, que el gato inició su asociación con los seres humanos en el antiguo Egipto. Sin embargo, el proceso que llevó a la domesticación de este felino, es casi desconocido y las explicaciones al respecto han sido meras especulaciones. 

 

Los científicos todavía tienen numerosas interrogantes al respecto, ya que el gato −a diferencia de todas las especies animales vinculadas al hombre− ha dejado escasos indicios de su domesticación. De hecho, parece no haber sido domesticado, simplemente empezó a ser representado y registrado como un animal de compañía, en el antiguo Egipto hacia el 2600 a.C. y fue precisamente allí, en donde alcanzó tal importancia, que nunca a vuelto a ser superada en ninguna otra cultura o época.

 

El gato doméstico fue mencionado formalmente y retratado artísticamente a partir de la última etapa del Imperio Antiguo, hacía el siglo XXVII a.C. Pero es a lo largo del Imperio Medio (2040-1640 a.C.) y hasta el fin de la cultura egipcia antigua, que el gato fue profusamente utilizado como modelo e inspiración para los artistas. Y más aún, poco a poco fue convertido en un representante de la divinidad y pasó a formar parte de la mitología y la superstición egipcias.

 

El gato es mencionado en innumerables textos del antiguo Egipto y esto se dio gracias a su gran eficacia para proteger los graneros, para exterminar a los roedores, para salvaguardar al hombre en contra de alimañas (como serpientes y escorpiones), así como por su encanto como mascota. En un principio, se habló de él en todas esas funciones de la vida cotidiana, pero después, empezó a aparecer en textos religiosos. Entre muchos de ellos, se incluye el Libro de los Muertos. En este texto, al gato se le atribuyen, ya no solamente sus cualidades tan admiradas como cazador y compañero, sino que adquiere ciertas características que lo constituyen como al sustentador mismo del Universo, ya que se le representa como una manifestación del todopoderoso dios solar Ra.

Los egipcios creían que gracias a este dios convertido en un gato, Egipto y el cosmos entero eran salvados diariamente del mal y de la destrucción, pues durante la noche se enfrentaba a Apep, una serpiente que encarnaba al caos y a la muerte.


Durante el día, Ra −el Sol− era empujado a través de la bóveda celeste por Khepri −el Escarabajo Sagrado− dando a la tierra de Egipto, luz, calor, vida, fertilidad, crecimiento, desarrollo y equilibrio (de aquí que el escarabajo también era un símbolo del astro rey y de todos sus beneficios). Pero al ocaso, una vez que el gran escarabajo depositaba al disco solar, detrás de las montañas del horizonte, Ra tenía que cruzar el inframundo en una nave llamada la Barca Solar. En su viaje, que duraba toda la noche, se enfrentaba a gran cantidad de peligros y enemigos que lo acechaban entre las tinieblas y que trataban de destruirlo. En cierto momento de su tránsito por la obscuridad, el dios Ra se enfrentaba al más formidable, feroz y letal de los demonios. Se trataba de Apep, una enorme serpiente representante del mal, de las tinieblas, del frío, del

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caos, de la muerte y de todo el conjunto de fuerzas destructivas que tenían como objetivo interrumpir el proceso de la creación. Entonces, Ra se convertía en un gato −el Gran Gato− para confrontar en una pelea a muerte a Apep.

 

Después de una encarnizada lucha, el Gran Gato mataba a la monstruosa serpiente cortándole la cabeza. En ese momento, Ra volvía a tomar la forma del disco solar y surgía triunfante de la obscuridad. La sangre que brotaba del cuello cortado de Apep, teñía de colores maravillosos cada amanecer. El Sol era nuevamente tomado por el Escarabajo Sagrado y era otra vez empujado a través del cielo. Durante el día, a la inmortal serpiente Apep le volvía a crecer otra cabeza, para enfrentarse nuevamente al Gran Gato durante la noche.

 

En la iconografía egipcia es frecuente este tema, pues esta lucha cósmica entre “el bien” y “el mal”, fue uno de los pasajes del Libro de los Muertos que más gustaban a los antiguos egipcios y son abundantes los papiros y los murales de tumbas en donde se representa la escena. Otras obras en donde se menciona al Gran Gato son: los Textos de las Pirámides, los Textos de los Sarcófagos, las 75 Alabanzas a Ra y el Libro de lo que hay en la Duat (el mundo inferior). En los templos de Amón-Ra, ubicados en Luxor y Karnak, se recitaba diariamente el Libro del derrocamiento de Apep, en el cual también se menciona a este mítico felino.

 

Los eclipses de Sol se daban cuando la poderosa Apep se convertía en Rerek, un monstruo serpentino de muchas cabezas que era capaz de escapar del inframundo y de atacar al Sol en pleno día, poniendo en peligro el equilibrio del Universo. Para poder vencer a tan horripilante ser, el Gran Gato tenía que pelear con una habilidad extrema y con increíble bravura.

Cuando el Sol adquiría la forma de gato, se le conocía como Miuty, tomando su nombre de la palabra miu, que significa gato en egipcio antiguo. Por lo tanto, en el País del Nilo estos animales eran representantes del Sol y se erigían como sus más fieles defensores. Según Horapolo (siglo IV d.C.) −uno de los últimos grandes sacerdotes de Egipto− en la ciudad de Heliópolis se adoraba al Sol bajo la forma de un gran gato macho.

 

Otra importante deidad del antiguo Egipto era Sekhmet, representada como una mujer con cabeza de leona. Se trataba de la poderosa, feroz y sanguinaria diosa de la guerra, de las epidemias, del desierto, de las catástrofes y de la medicina. Se le temía en extremo, ya que se consideraba aterradora, peligrosa, implacable y destructiva. En una ocasión, fue enviada a la Tierra por su padre Ra para castigar a los hombres impíos, sin embargo, ella llevó a cabo la matanza no sólo de la gente malvada, sino de todo el mundo por igual, pues saboreaba con placer la sangre humana. Era tal su furor homicida que se le llamó “El Ojo de Ra Enfurecido” y provocaba masacres, epidemias y mortandad a su paso.

 

Viendo el dios Ra que la raza humana podría ser destruida por completo entre las pavorosas fauces y garras de su bravísima hija, envió a Toth –dios de la sabiduría− para que la apaciguara. Después de mucho meditar, el sabio Toth inventó la cerveza, la mezcló con una flor que le dio una coloración rojiza e inundó un valle con ella. Sekhmet, creyendo que se trataba de sangre, se puso a beber con avidez aquel delicioso líquido y pronto quedó adormecida. Una vez amansada, la diosa con cabeza de leona se convirtió en Bast, una deidad con cabeza de gata

 

Bast, también fue conocida como Bastet, Ubasti o Pasht, y era la benévola divinidad del amor, de la música, de la poesía, de la danza, de la maternidad, de la misericordia, de la abundancia, de la alegría, de la bondad, del placer, de la feminidad y de la sensualidad. Se le llamaba “El Ojo del Sol” y era pacífica, amable y sosegada. Era señora del hogar y de los nacimientos, pues a ella se encomendaban los niños pequeños. También era considerada una de las deidades protectoras de la familia real.

 

Alrededor del siglo XVI a.C. el culto a la diosa Bast, adquirió gran importancia y a partir de ese momento y por el resto de la historia del antiguo Egipto se reprodujeron miles de veces y en todos los materiales, tamaños y posiciones, la imagen de Bast y de sus representantes los gatos.

 

Fue una diosa muy amada por sus numerosos fieles –prácticamente todo Egipto la adoraba− y se construyó una ciudad entera para glorificar a la diosa con cabeza de gata. Esa fabulosa urbe dedicada a dichos felinos se llamó Per-Bastet (Dominio de Bast) y fue conocida como Bubastis por los griegos. Llegó a ser capital del imperio durante la Dinastía XXII (945-712 a.C.), la cual es identificada como la Dinastía Bubastite, pues la familia reinante era oriunda de ese lugar.

 

A pesar de que la gran ciudad de los gatos fue totalmente destruida durante la Segunda Ocupación Persa (343-332 a.C.), el culto a la diosa felina perduró hasta el siglo IV d.C., cuando su adoración fue prohibida en todo el imperio romano, al adoptar al cristianismo como religión oficial. Para ese entonces Egipto era una provincia romana desde hacía siglos.

 

Pero los romanos no fueron los únicos que llegaron a dominar Egipto. En el año 525 a.C. el rey persa Cambises II, pudo ver hecho realidad el sueño de sus ancestros: conquistar el País del Nilo. Cuenta la tradición que para lograrlo tomó una pequeña ciudad fortificada llamada Pelusium (hoy en día Port Said), situada en los límites del territorio egipcio. Cambises II ordenó a sus soldados que se apoderaran de los gatos de aquel lugar. A continuación y sin hacerles ningún daño a los animales, el ejército persa se adentró en Egipto y cada vez que se enfrentaba a los ejércitos locales, utilizaban a los gatos como escudos vivientes, imposibilitando a los egipcios el contraataque, pues no querían herir a sus felinos. Se dice que el amor y el respeto que le tenían los egipcios a los gatos, hizo que los persas se apoderaran de todo el país, prácticamente sin luchar.

 

Así se establece la Primera Ocupación Persa de la Tierra Negra, que va a durar hasta el 404 a.C., cuando Egipto se libera del yugo impuesto por los invasores asiáticos. Sin embargo, poco tiempo después, los persas intentaron una vez más sojuzgar a los egipcios, pero en esa ocasión se encontraron con una feroz oposición de los habitantes del Valle del Nilo y aunque lograron apoderarse nuevamente del rico país en el 343 a.C., no fue sino pagando un precio muy alto, pues tuvieron que luchar denodadamente para alcanzar su objetivo. Así se estableció la Segunda Ocupación Persa y los belicosos conquistadores decidieron asestar un golpe mortal al orgullo egipcio, tanto para desmoralizar a la población entera, como para humillar a sus odiados oponentes: destruir la ciudad de los gatos. El “Dominio de Bast”, fue arrasado hasta sus cimientos.

 

A los persas no les llamó tanto la atención el trato que le daban los egipcios a los gatos. En cambio, Herodoto −quien visitó Egipto a mediados del siglo V a.C.− se asombró al conocer a este pequeño felino prácticamente desconocido en su natal Halicarnaso. Por otro lado, describió la magnífica ciudad dedicada a estos mamíferos, haciendo hincapié en su extraordinario emplazamiento, así como en su importancia religiosa y comercial.

 

El “Padre de la Historia”, cuenta que año con año llegaban a Bubastis hasta 700 000 peregrinos para celebrar el festival de Bast, siendo uno de los más importantes eventos del reino. También narra que los gatos eran considerados miembros de las familias egipcias y que sus propietarios manifestaban una intensa pena y una enorme tristeza cuando un gato moría, guardándole un estricto luto, durante un tiempo prolongado. También menciona como algunos propietarios mandaban a Bubastis −a costa de grandes gastos− los cuerpos momificados de sus gatos, para que descansaran eternamente en las necrópolis secretas destinadas a ellos. Asimismo, Herodoto relata que cuando se desataba un incendio en alguna casa o barrio, los egipcios creían que los gatos eran atraídos irresistiblemente a las llamas, a las cuales se arrojaban para ser consumidos por ellas. Esta extraña creencia hizo que ante una catástrofe de esta naturaleza, los egipcios se preocuparan primero de salvar a los gatos, pues los amaban y no querían que perecieran calcinados.

 

Por otro lado, los niños eran dedicados a la diosa Bast y no se les cortaba el cabello durante su primer año de vida. En su primer aniversario los rapaban y se pesaba cuidadosamente el cabello cortado y de acuerdo al peso, se donaba el equivalente en oro o plata al templo de la diosa, para mantener bien nutrido a un gato que a partir de ese momento, se convertía en el espíritu guardián del niño.

 

Se dice que en el antiguo Egipto los gatos eran tan reverenciados que a nadie le estaba permitido enterrarse con ellos, sólo los faraones, los miembros de la familia real y los arquitectos (los mejores de todos los tiempos), tenían el privilegio de ser acompañados al otro mundo por sus gatos. La gran mayoría de los mininos que morían en todo el País del Nilo, eran enviados hasta Bubastis para que los sacerdotes especializados, se encargaran de su embalsamamiento y momificación. Una vez concluido este laborioso proceso de conservación, las momias eran introducidas en hermosos sarcófagos, muchas veces representando al mismo gato en vida y elaborados en una gran variedad de materiales, desde simples envolturas de papiro, hasta hermosos féretros de madera, piedra, bronce, oro o plata.

 

En el templo se acumulaban los gatos momificados durante un año y posteriormente se llevaban a necrópolis secretas en los santuarios o en el desierto, en donde descansarían para siempre. Se calcula que anualmente se momificaban entre 150 000 y 300 000 gatos. Sin embargo, se han descubierto (principalmente en Bubastis y en Saqqara) muy pocos cementerios dedicados a ellos, cuya ubicación era un secreto celosamente guardado por los sacerdotes de Bast.

 

En 1888, en una localidad llamada Istabl Antar, se descubrió una de estas necrópolis con 180 000 momias. Desgraciadamente, la totalidad de aquel invaluable tesoro felino, fue llevado a Inglaterra y fue vendido como abono para fertilizar los campos de cultivo. Es interesante mencionar que en algunas ocasiones junto a la momia del gato, se colocaban pequeños ratones embalsamados, para que sirvieran de alimento a los mininos en la “otra vida”.

 

Los egipcios creían en un Universo en perfecto equilibrio, así que en su mitología tenían una contraparte masculina de Bast. Era el dios Basty, una deidad representada como un hombre con cabeza de gato. Este dios tan poco conocido, es mencionado en el Libro de los Muertos, como uno de los 42 severos jueces que participaban en el “pesaje del corazón”, un juicio en el que se determinaba el destino del alma de una persona muerta, de acuerdo a las buenas o malas acciones que hubiera realizado en vida.

 

Bast también estaba relacionada con la música y en los templos del antiguo Egipto se utilizaba un instrumento llamado sistro, el cual −la gran mayoría de las veces− estaba adornado con figuras de gatas. Este artefacto musical estaba consagrado a la diosa con cabeza de gata y se utilizaba en muchas ceremonias, ya que al hacerlo sonar, se favorecía el movimiento armónico y vivificador del Universo, alejando al mismo tiempo al mal.

 

El hijo de la diosa Bast se llamaba Mihos y se retrataba como un muchacho con cabeza de león. También era llamado “El Alma de Bastet” o “El León de Mirada Feroz”. Otro de los hijos de Bast era Horus Hekenu, un dios guerrero que se adoraba en Bubastis junto con su madre. En ocasiones, el dios niño Harpra era representado como un gato y a veces, la poderosa diosa Mut –la madre de Egipto− era retratada como una gata.

 

En la vida cotidiana el gato tenía la función de proteger al hombre y a sus alimentos en contra de los roedores, así como de las enfermedades transmitidas por ellos. Además, exterminaba animales nocivos para la población, como es el caso de serpientes y alacranes (ambos tan abundantes y letales en la Tierra Negra). También era un compañero ideal en el hogar como mascota e incluso acompañaba a la familia en sus partidas de caza. Por si esto fuera poco, ayudaba a los egipcios a mantener a raya a las ratas y ratones que eran atraídos por los implementos agrícolas y por objetos de la más diversa índole, pues muchos de estos instrumentos, herramientas y utensilios, eran elaborados con fibras vegetales, madera, cuero, papiro, etc., los cuales eran susceptibles de ser destruidos por los roedores.

 

Los felinos domésticos también protegían los papiros sagrados, los registros, los libros, los archivos y las bibliotecas. En pocas palabras salvaguardaban la sabiduría –la mayor riqueza− del antiquísimo País del Nilo. Por lo tanto, eran la seguridad del imperio y por eso fueron divinizados. Los antiguos egipcios decían que todo su impactante desarrollo tecnológico y científico, la enorme riqueza que les permitía llevar a cabo sus grandes construcciones, así como el poder sostener un ejército que los protegiera de los invasores extranjeros, se debía a su exitosa agricultura, bendición otorgada por los dioses con la crecida anual del río sagrado. Pero también afirmaban que todo eso sería imposible sin el gato, que vigilaba y protegía sus cultivos, cosechas y graneros.

 

Tomando en cuenta la gran importancia de estos pequeños carnívoros, no resulta raro que se castigara con la pena capital a todo aquel que matara voluntariamente a un gato o que tratara de robarlo para sacarlo del territorio egipcio. Aquellos que mataban accidentalmente a uno, tenían que pagar enormes multas. El historiado griego Diodoro Sículo (90-20 a.C.) cuenta que a pesar de que Egipto estaba prácticamente sometido a los romanos, un legionario bajo el mando de Julio César (100-44 a.C.) fue cruentamente linchado al matar involuntariamente a un gato.

 

Basándose en el hecho de que los gatos eran representantes de la divinidad, responsables del bienestar de la gente y de que era unos efectivos protectores en contra de las fuerzas malignas, los antiguos egipcios utilizaban sus efigies como amuletos. Estos objetos alejaban la mala suerte y a los entes demoniacos, ya fuera que las personas los portaran como adorno o bien, que fueran colocados en los hogares y centros de trabajo. Por ser Bast la diosa de la maternidad, creían que estos talismanes fomentaban la fertilidad y que protegían al niño por nacer. También los niños los usaban para estar a salvo de los malos espíritus durante su crecimiento. Por otro lado y dadas las extraordinarias habilidades que el gato despliega durante la cacería, estas figurillas también se usaban para protegerse de las serpientes. Estas bellas reliquias fueron elaboradas con materiales tan humildes como el barro, la cerámica y la madera, así como con oro plata y piedras preciosas. Las de tamaño pequeño eran para adornar el cuerpo, ya fuera como collares, brazaletes, pendientes o anillos. Las de gran formato servían para proteger casas, palacios y templos.

 

A los gatos también se les atribuían poderes curativos pues los machos eran representantes del Sol y Plutarco (46- 125 d.C.), menciona que los egipcios creían que la mayor o menor apertura de las pupilas de las hembras, obedecía a las fases de la Luna. Así que, si este animal encarnaba a estos astros, que a su vez eran símbolos de las deidades, podía ser usado con efectividad para curar algunos males. Resulta muy interesante y significativo, que se han encontrado textos con invocaciones para lograr el alivio de los gatos enfermos, lo que demuestra una vez más, el amor que el Pueblo del Nilo le tenía a sus mininos.

Se dice que las mujeres del antiguo Egipto querían ser “tan bellas como las gatas”, por lo que estos animales sirvieron de inspiración para delinearse los ojos y así verse más hermosas. Sin embargo, esta práctica se extendió a ambos sexos, a personas de cualquier edad y estuvo muy arraigada en todos los niveles de la sociedad egipcia. Esta antiquísima costumbre de maquillarse los ojos, fue heredada a gran parte de las sociedades actuales.

 

Por otra parte, muchas mujeres del antiguo Egipto recibían el nombre de Miut que significa “gata”. A otras, simplemente se les apodaba cariñosamente así y esto sucedía sin importar su rango, ya que por ejemplo, a la poderosa reina Tiy −Gran Esposa Real del faraón Amenhotep III− le complacía sobremanera que la nombraran de esa forma.

 

Amenhotep III perteneció a la Dinastía XVIII (1550-1295 a.C.) y a los faraones de ésta, les tocó vivir y gobernar en una de las épocas de mayor esplendor y magnificencia en toda la larga historia del País del Nilo. A pesar de que este periodo de poco más de 250 años prácticamente terminó en una interesantísima y convulsa revolución religiosa y artística, la mayor parte del mismo se desarrolló en un ambiente de prosperidad económica y estabilidad política. Se expandieron las conquistas, se llevaron a cabo grandiosos proyectos de construcción y los habitantes de la Tierra Negra gozaron de abundancia y paz.

 

Los faraones y los príncipes de la Dinastía XVIII, además de poseer un inmenso poder y una enorme riqueza, se caracterizaron por su gran amor a los animales y algunos de ellos tuvieron importantes colecciones de bestias, ya fuera cautivas en hermosos jardines o como animales de compañía en sus palacios.

 

Entre los poderosos gobernantes de aquel periodo se destaca una de las mujeres más celebres de toda la historia de Egipto: Hatshepsut (reinó del 1466 al 1444 a.C.), fue hija de Tutmosis II (reinó del 1472 al 1466 a.C.) y logró hacerse coronar faraón de las Dos Tierras, gobernando brillantemente al País del Nilo por más de dos décadas. Todo parece indicar que le encantaban los animales y que tenía una amplia colección de ellos. En los relieves de su templo funerario “La Maravilla de las Maravillas” están representados algunos de esos animales.

 

El corregente y sucesor de Hatshepsut, Tutmosis III (reinó del 1466 al 1412 a.C.), también estaba muy interesado no sólo en los animales sino también en el reino vegetal, por lo que formó un interesante jardín botánico adornado con varias bestias. Para inmortalizar su afición, mandó construir en el recinto del templo de Karnak, una edificación llamada el Akhmenu (Edificio Glorioso), en el cual se pueden observar los relieves que representan un gran número de diferentes plantas, así como de diversas especies animales.

 

A su vez, el siguiente faraón, Amenhotep II (reinó del 1414 al 1388 a.C.) se caracterizó por su inmensa pasión por los caballos, así como por su enorme gusto por todos los animales. Se cree que las tumbas KV50, KV51 y KV52 −muy cercanas a su propio sepulcro en el Valle de los Reyes− fueron construidas nada menos que para albergar las momias de sus muchas mascotas.

 

Después de Amenhotep II ocuparía el trono Tutmosis IV (reinó de 1388 a 1378 a.C.), quien seguramente también fue un aficionado a los animales, lo mismo que su sucesor Amenhotep III (reinó de 1378 a 1339 a.C.), el cual se destacó por ser un verdadero amante de los gatos y como él, toda su familia los adoraba y mantenía a varios de ellos como mascotas en sus palacios.

 

Durante toda la historia de Egipto, los gatos fueron las mascotas favoritas de los habitantes del Valle del Nilo, pero una de las épocas en las que fueron extraordinariamente queridos fue durante la Dinastía XVIII. Las representaciones artísticas de estos felinos datadas en los años de esta época de esplendor son muy numerosas y de excepcional belleza, denotando el interés y el gusto por estas bestezuelas, no sólo de los miembros de la familia real en particular, sino de todos los habitantes de Egipto en general.

 

Al principio del reinado de Amenhotep III, Tutmosis –el hijo mayor del faraón− demostraba una marcada pasión por los mininos y amaba tiernamente a una gata, la cual evidentemente era la favorita entre sus múltiples felinos.

 

Probablemente fue hijo de la Gran Esposa Real Tiy, aunque cabe la posibilidad de que su madre fuera una princesa de Mitani (un reino localizado en el Medio Oriente) llamada Giluhepa que también fue nombrada Gran Esposa Real. La otra mujer que alcanzaría este alto rango durante el reinado de Amenhotep III, sería una de sus hijas llamada Sitamón.

 

Aunque no se sabe si a Giluhepa le agradaban los gatos, existen datos documentales y artísticos que indican que a Tiy y a su hija Sitamón les encantaban estos felinos.

 

Tiy fue inmensamente poderosa y residía en el palacio de Malkata acompañada de sus mucho gatos. Tiy era el verdadero poder detrás del trono de su marido y se dice que le agradaba que la nombraran “la gata”. La princesa Sitamón a pesar de llegar a ser también Gran Esposa Real al casarse con su padre, no tuvo el poder de su madre la reina Tiy, pero si el gusto por los gatos de la soberana.

 

A pesar de que era el príncipe heredero de Egipto y de la enorme importancia de su investidura, son escasas las representaciones y de hecho toda información acerca de Tutmosis. Todo parece indicar que nunca llegó a ser faraón, pues murió durante el largo reinado de su padre (38 años) y a pesar de que tuvo un lugar destacadísimo en la corte mientras vivió, casi no se conservan textos que hablen de su vida.

 

La poca información referente al príncipe que ha podido llegar hasta la actualidad, proviene del sarcófago de piedra en donde fue depositado el cuerpo momificado de su amada gata. En este féretro se mencionan los título oficiales de Tutmosis, así como el nombre de su mascota, el cual aparece once veces en los textos inscritos en el pétreo ataúd: Ta-Miu (“Dama gata”). Además, la mascota fue retratada con un ostentoso collar y enfrente de ella también fue labrada una mesa repleta de ofrendas. Por otra parte, la minina fue representada ya momificada y acompañada de las diosas Isis y Neftis, tal como si se tratara de la momia de un ser humano. También fueron plasmadas oraciones a la diosa Nut, así como a Amset, Duamutef, Hapy y Qebehsenuf, los cuatro hijos del dios Horus que se encargaban de proteger los órganos vitales de los cuerpos embalsamados.

 

Con el gran amor que se le tenía al gato en Egipto, la consideración de la que gozaba dentro de la familia real y de acuerdo al simbolismo que se le atribuía, es lógico que el príncipe Tutmosis ofreciera un trato especial a su querida gata Ta Miu y que cuando esta murió ordenará su embalsamamiento y le mandara hacer un sarcófago digno de una princesa. Lo que resulta paradójico, es que sólo a través de esta pieza arqueológica dedicada a un minino consentido, se sepa un poco de la vida y los logros de tan importante personaje de la historia del antiguo Egipto.

 

No cabe duda del alto estatus de Tutmosis, ya que en el sarcófago de su gata Ta-Miu se le menciona como “Príncipe heredero”. Sin embargo, al morir antes que su padre, nunca llegó a convertirse en el “Señor de las Dos Tierras”, siendo uno de sus hermanos quien sucedería a su padre, convirtiéndose en el controvertido faraón Akhenatón (reinó del 1339 al 1322 a.C.), quien instituyó el monoteísmo en Egipto, es decir, el culto a un solo dios llamado Atón, una manifestación del Sol.

 

Todo parece indicar que al monoteísta Akhenatón también le gustaban los gatos, probablemente por influencia de su poderosa madre, la reina Tiy.

 

De la misma forma que a lo largo de la historia del antiguo Egipto, durante el reinado de Amenhotep III, el gato fue tomado como símbolo del orden y como representante del Sol, ya que en el capítulo XVII del Libro de los Muertos, se lee textualmente “… El Gran Gato es el mismo dios Sol…” –tal vez por eso también le agradaban a Akhenatón− por lo que encarnaba al máximo dios del País del Nilo.

 

Así pues, los gatos simbolizaban al equilibrio universal y se creía que combatían al caos, pues el Gran Gato luchaba todas las noches contra el terrorífico monstruo serpentino Apep. Por tanto, la aparición de figuras de gatos en templos, tumbas, edificios públicos, casas y palacios, resultaba ser una garantía de armonía, desarrollo y prosperidad.

Tal vez esto queda de manifiesto en uno de los más hermosos murales que forman parte del patrimonio artístico egipcio: se trata de un mural realizado en la tumba de Nebamun, un funcionario que probablemente desempeñó su cargo durante el reinado de Amenhotep III. En dicha obra −considerada una de las más excelsas pinturas de todos los tiempos− Nebamun se encuentra cazando aves entre los papiros del río Nilo.

 

El personaje se observa de pie en una esbelta y elegante canoa. Sostiene con una mano un bastón utilizado para abatir a este tipo de presas y con la otra mano toma de las patas a varias garzas que tratan de escapar. El funcionario va ataviado con la típica faldilla de lino y en el torso desnudo luce un esplendido collar. Sus muñecas se adornan con gruesos brazaletes y porta una elegante peluca.

 

En el mismo bote lo acompaña su esposa, magníficamente bien vestida, en cuyo atuendo queda de manifiesto su riqueza y su buen gusto. Asimismo, está presente también la hija de ambos, prácticamente desnuda pero portando un hermoso collar, brazaletes y la coleta propia de los niños y adolecentes. Las mujeres sostienen flores de loto y la esposa de Nebamun tiene sobre la cabeza un cono de perfume.

 

En el resto de la obra se observan los papiros, un buen número de aves, un nido con huevos, varias mariposas y bajo la superficie del agua algunos peces. Con tantos pájaros, de los más diversos tipos y en diferentes posiciones, la escena aparenta ser muy caótica. Sin embargo, es evidente la serenidad de Nebamun y por si eso fuera poco, el segundo personaje que se destaca en el mural (aún mas que la esposa y la hija del funcionario), es un bellísimo gato que ataca al mismo tiempo a tres aves imponiendo el orden en el caos. La escena es extraordinariamente simbólica y el gato representa el orden, la armonía, el equilibrio, el triunfo, la victoria, la luz, en pocas palabras el bien que lucha contra el mal.

 

Uno de los más recientes hallazgos con respecto a los gatos y la cultura egipcia, tuvo lugar en enero del año 2010, cuando se descubrió un templo dedicado a la diosa Bast en Kom al Dikkah, Alejandría, en Egipto. El recinto fue edificado por órdenes del faraón Ptolomeo III (246-222 a.C.) y fue consagrado por él y por su esposa Berenice II. Este monarca perteneció a la Dinastía Lágida, la última que gobernó el País del Nilo y que llegó al poder gracias a la conquista del imperio persa por parte de Alejandro Mago en el año 332 a.C. En ese momento Egipto era una satrapía de Persia y a la muerte del conquistador macedonio en el 323 a.C., el territorio egipcio fue reclamado por Ptolomeo, uno de sus generales más allegados, convirtiéndose en faraón y fundando la Dinastía Lágida (también llamada Dinastía Ptolemaica).

 

Por lo tanto, los últimos faraones de Egipto tenían un origen extranjero y adoraban a deidades ajenas a la religión y mitología egipcias. Sin embargo, se destacaron por su astucia y pragmatismo, por lo que supieron adaptarse muy bien a la cultura del pueblo que gobernaban. Una de sus estrategias fue adoptar a los dioses egipcios, en cuyo honor construyeron templos y evidentemente no olvidaron a la muy amada diosa gatuna de Egipto, la fascinante Bast.

 

Representante de dioses y de espíritus protectores. Defensor de despensas, casas, campos y graneros. Protector, compañero y amigo del hombre, el gato del antiguo Egipto alcanzó el más alto grado de consideración y lo mantuvo por más de dos milenios. Pero en el siglo I a.C., a la caída del milenario imperio, los romanos impresionados por la veneración que los egipcios le profesaban, pero sobre todo al ver la gran utilidad de este animal, lo sacaron del País del Nilo y lo llevaron a lo largo y ancho de los extensos territorios que habían conquistado. 

 

Así pues, las legiones romanas fueron las encargadas de llevar al gato a toda Europa, al norte de África y al Medio Oriente, de donde se extendió rápidamente al Extremo Oriente. Después, al paso de los siglos, el gato llegaría al resto del mundo. Sin embargo, cada vez que vemos a los ojos a un gato, encontramos en ellos el recuerdo de su altísima posición y de su esplendorosa vida en el antiguo Egipto, fenómeno que no se ha vuelto a repetir jamás.

 

El 19 de julio de 1798, Napoleón Bonaparte, antes de iniciar la “Batalla de las Pirámides”, se dirigió a su ejército diciéndoles: Soldados, recordad que desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan. Asimismo, cada vez que estamos ante la presencia de un gato, estamos ante un representante de la divinidad, ante un tesoro viviente, ante un verdadero dios vivo, cuyo culto duró treinta siglos y cuya apacible y hermosa mirada se ha posado sobre los seres humanos –simples criaturas mortales− nada menos que durante cinco largos milenios.

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