

Año XXIII. Edición 133. Junio Julio 2026
Nutrición de perros de alto rendimiento: bases fisiológicas
y recomendaciones clínicas.

PALABRAS CLAVE: Requerimiento energético diario > energía de mantenimiento en reposo > nivel de actividad
Asesor Técnico Petfood, Grupo Nutec
Introducción
La nutrición del perro de alto rendimiento es un reto. Y las consecuencias de ignorarla son concretas: pérdida de masa muscular, fatiga precoz, recuperación deficiente y lesiones osteoarticulares recurrentes. El médico veterinario que atiende a estos pacientes necesita algo más que extrapolaciones desde la fisiología del deporte humano. Los perros de trabajo y deporte tienen particularidades metabólicas propias, bien documentadas, que obligan a replantear los criterios convencionales de formulación dietética (Toll, Gillette y Hand, 2010).

Esta revisión recoge la evidencia disponible con atención especial a los requerimientos energéticos según nivel de actividad, el metabolismo de sustratos durante el ejercicio, el manejo de proteína y micronutrientes funcionales, y los aspectos articulares en el paciente de alto impacto.
Clasificación por nivel de actividad y requerimientos energéticos
El punto de partida práctico para cualquier ajuste nutricional es estimar cuánta energía consume realmente el animal. Hand et al. (2010) lo sistematizaron en el capítulo 18 de Small Animal Clinical Nutrition mediante una clasificación en cuatro niveles de trabajo, cada uno asociado a un factor multiplicador sobre la energía de mantenimiento en reposo (EMR). La fórmula base es: EMR (kcal/día) = 70 x PC (kg)0.75. El requerimiento energético diario (RED) se obtiene multiplicando la EMR por el factor correspondiente al nivel de actividad del animal (Tabla 1).
Tabla 1. Clasificación del nivel de actividad en perros de trabajo y deporte (Hand et al., 2010, cap. 18)
* Calculado sobre EMR = 70 x PC (kg)^0.75. Los valores son orientativos; el peso corporal, la condición corporal y las condiciones ambientales modifican el requerimiento real.
Un ejemplo concreto ayuda a dimensionar la magnitud del ajuste requerido. Un perro de 25 kg tiene una EMR de aproximadamente 740 kcal/día. Si trabaja en nivel moderado con factor 2.5, su RED ronda las 1,850 kcal/día. Eso equivale a ofrecer entre dos y tres veces la cantidad de alimento que recibirá en mantenimiento. La pérdida gradual de condición corporal y masa muscular que se observa con frecuencia en estos pacientes tiene, en muchos casos, una explicación simple: se les alimenta como si descansaran (Hand et al., 2010).
Metabolismo de sustratos según el tipo de ejercicio
La utilización de sustratos energéticos durante el ejercicio cambia en función de la intensidad relativa y la duración del esfuerzo. En el ejercicio de alta intensidad y corta duración, como el del galgo de carrera o el perro de agility en su fase de máxima velocidad, la demanda de ATP supera la capacidad oxidativa mitocondrial y el glucógeno muscular se convierte en el sustrato critico, con predominio de la vía glucolítica anaeróbica.
En el ejercicio prolongado de intensidad moderada, como el trineo o la caza de varias horas, los ácidos grasos libres movilizados desde el tejido adiposo aportan la mayor parte del combustible (Hand et al., 2010).
Los perros tienen una capacidad para oxidar grasa durante el ejercicio aeróbico que supera, proporcionalmente, a la del ser humano. Por eso las dietas altas en grasa (28-40% en materia seca) funcionan bien para los trabajos de resistencia: aportan 8.5 kcal/g de energía metabolizable frente a 3.5 kcal/g de los carbohidratos, con la ventaja adicional de reducir el volumen de alimento necesario. Wakshlag y Shmalberg (2014) documentaron que en perros de trineo con participación en carreras de larga distancia, dietas en las que la grasa representaba hasta 60% de la energía mejoraron el rendimiento y atenuaron el catabolismo proteico durante el esfuerzo.
En perros de sprint, la situación es distinta. El glucógeno muscular se agota rápidamente en esfuerzos de 30 a 60 segundos y no se repone al ritmo que exige la competencia. ahí, los carbohidratos dietarios cobran relevancia. Aun así, Shmalberg (2014) advierte que reducir la base grasa de la dieta para hacer espacio a los carbohidratos puede comprometer la recuperación aeróbica entre series, por lo que el ajuste debe ser cuidadoso y no implica sacrificar la densidad grasa de la formulación.
Proteína: calidad, cantidad y función musculo-esquelética
Toll et al. (2010) recomiendan que la proteína represente entre 22 y 32% de la materia seca en dietas para perros de trabajo, con preferencia clara por fuentes de origen animal. detrás de ese rango hay consideraciones que van más allá del porcentaje: la proteína le exige al organismo sintetizar hemoglobina y mioglobina, mantener el reservorio de aminoácidos en musculo esquelético y sostener los procesos anabólicos que permiten la recuperación post-esfuerzo.
Las proteínas de origen animal, harina de pollo o concentrado de pescado entre las más usadas, ofrecen digestibilidades ileales verdaderas superiores al 85%. Las de origen vegetal raramente superan el 70-75%, y con frecuencia son deficientes en aminoácidos sulfurados. Esto tiene una consecuencia practica poco discutida en la consulta: una dieta con soya o gluten como primera fuente proteica puede generar deficiencias subclínicas de metionina y cisteína que reducen la disponibilidad de glutation y deterioran la capacidad antioxidante del animal durante el ejercicio intenso (Wakshlag y Shmalberg, 2014).
La L-carnitina merece una mención particular. Se sintetiza endógenamente a partir de lisina y metionina, con participación de vitamina C como cofactor, pero hay evidencia de que durante el ejercicio aeróbico de alta demanda la producción endógena puede resultar insuficiente. Su función en el transporte de ácidos grasos de cadena larga a la matriz mitocondrial la vincula directamente con la capacidad del animal para utilizar la grasa como combustible. Incluirla en la formulación de la dieta, más que añadirla como suplemento separado, garantiza una exposición continua y predecible (Shmalberg, 2014).
Salud articular en el paciente atlético
Las articulaciones del perro de trabajo no tienen un mecanismo de adaptación proporcional a la intensidad del ejercicio que se les impone. Las fuerzas compresivas y de cizallamiento que genera el ejercicio repetitivo de alto impacto son reales y acumulativas. En ausencia de una respuesta condroprotectora adecuada, el deterioro del cartílago articular es una consecuencia esperable. La glucosamina y la condroitina intervienen en este proceso desde dos ángulos complementarios: la primera como precursor de los glucosaminoglicanos del cartílago y del líquido sinovial; la segunda como inhibidor de las metaloproteinasas de matriz que degradan el colágeno tipo II (Toll et al., 2010).
Su uso combinado tiene respaldo tanto en modelos experimentales como en pacientes con osteoartritis clínicamente establecida. Lo que resulta relevante para el médico veterinario que atiende a perros en actividad física intensa es que la inclusión de estos nutrimentos en la formulación de la dieta ofrece una ventaja sobre la suplementación aislada: la exposición es continua, predecible y no depende de que el propietario recuerde administrar un complemento por separado. La adherencia al tratamiento nutricional mejora cuando el manejo está integrado en la dieta habitual (Wakshlag y Shmalberg, 2014).
Consideraciones clínicas para la selección de la dieta
Shmalberg (2014) propone manejar la dieta por fases: mayor aporte graso durante la competencia para sostener la demanda energética, mayor aporte proteico en la recuperación para promover la reparación muscular. Desde el punto de vista práctico, esto implica disponer de al menos dos formulaciones o ajustar las cantidades ofrecidas según el calendario del animal, no mantener una ración fija durante todo el año.
La densidad energética merece atención particular. Los perros de trabajo pueden requerir de dos a cuatro veces la cantidad de alimento de un perro sedentario de igual peso. Ofrecer esa cantidad en una dieta de mantenimiento estándar implica volúmenes gastrointestinales que aumentan el riesgo de timpanismo y pueden comprometer el rendimiento por molestia abdominal durante el ejercicio. Una dieta de alta densidad energética reduce el volumen ingerido y facilita la cobertura del requerimiento. Recomendar una formulación específica para perros de alto rendimiento, más que suplementar una dieta de mantenimiento, es la alternativa clínicamente más coherente con lo que la evidencia disponible respalda (Toll et al., 2010).
Referencias
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Hand, M. S., Thatcher, C. D., Remillard, R. L., Roudebush, P., & Novotny, B. J. (Eds.). (2010). Small animal clinical nutrition (5.a ed.). Mark Morris Institute.
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Shmalberg, J. (2014). Canine performance & rehabilitative nutrition part 1: Canine performance nutrition. Today's Veterinary Practice, 4(6), 72-76. https://todaysveterinarypractice.com/acvn- nutrition-notes-canine-performance-nutrition/
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Toll, P. W., Gillette, R. L., & Hand, M. S. (2010). Feeding working and sporting dogs (cap. 18). En M. S. Hand, C. D. Thatcher, R. L. Remillard, P. Roudebush, & B. J. Novotny (Eds.), Small animal clinical nutrition (5.a ed., pp. 321-352). Mark Morris Institute.
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Wakshlag, J. J., & Shmalberg, J. (2014). Nutrition for working and service dogs. Veterinary Clinics of North America: Small Animal Practice, 44(4), 719-740. https://doi.org/10.1016/j. cvsm.2014.03.008

